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El encuentro con Sofía Bassi

30.03.2026. CDMX
Texto por: Emilio Esquivel del Bosque

Sofía Bassi en Georgina Pounds Gallery (2026)

No llegué a Sofía Bassi por una búsqueda consciente. Llegué por una confusión.

Era mi primer día en Georgina Pounds Gallery. Iba a escribir el texto de sala de la exposición de Vanessa Raw y ver qué sucedía después. El espacio estaba en ese estado previo a la inauguración: paredes en silencio con obras que aún no han sido atravesadas por demasiadas miradas.

Nueve días antes de la apertura, en la sala trasera donde se montaba una colectiva, la vi.

Al encuentro, Sofía Bassi en Georgina Pounds Gallery (2026)

El cuadro —Al encuentro (1989)— se sostenía con una calma inquietante. En el lienzo, una figura femenina avanza sola en un espacio liminal: horizonte entrecerrado, fondo denso, más mental que geográfico. La composición la contiene y la obliga a atravesar el cuadro sin fuga, rodeada de formas que no terminan de nombrarse. La paleta, austera, mantiene una tensión silenciosa: nada estalla, pero todo parece a punto de hacerlo.

Mi mente fue directo a Leonora Carrington o Remedios Varo. La atmósfera, la figura en tránsito, ese territorio ambiguo: todo remitía a ese linaje del surrealismo en México. Fue una asociación automática, casi cómoda.

Luego pregunté.

No era ninguna de ellas. Era Sofía Bassi.

El nombre no me sonaba. No lo había escuchado en clases ni en conversaciones sobre arte en México. Y, sin embargo, esa pintura ya dialogaba con un imaginario que sí me resultaba familiar.

Sofía Bassi en Georgina Pounds Gallery (2026)

Georgina me habló de ella sin convertir su historia en espectáculo. Mencionó la cárcel, el juicio, el efecto del escándalo. Pero insistió en otra cosa: en que siguió pintando desde prisión, en que escribió, organizó exposiciones dentro del penal y apoyaba a otras mujeres presas y me comentó también que le haría una exposición del 27 de marzo al 20 de abril.

Ese desajuste —entre la potencia de la obra y su relativa invisibilidad— fue lo que me llevó a escribir. No era solo una omisión personal. Cuando los visitantes comenzaron a preguntar quién era esa pintora, entendí que el vacío era compartido.

La historia es conocida: en 1968, Sofía Bassi fue condenada por el homicidio de su yerno, el conde Cesare d’Acquarone. Un disparo en Acapulco marcó un antes y un después; se autoinculpó esa misma noche. Once años de sentencia. Lo que rara vez ocupó el mismo espacio fueron los testimonios posteriores que señalaban un entorno de abuso y violencia.

Sofía Bassi en Georgina Pounds Gallery (2026)

El encierro no detuvo su obra: la intensificó.

Durante los cuatro años y medio que permaneció recluida realizó 275 obras firmadas como E.L.C., “en la cárcel”. También pintó murales y diseñó escenografía. La celda fue estudio; el encierro, materia.

Su caso atrajo a figuras del arte y la cultura que visitaban el penal para verla o colaborar con ella —entre ellos Alejandro Jodorowsky, René Rebetez y la propia Leonora Carrington—. Jodorowsky incluso montó una obra de teatro dentro de la prisión y trabajó con Bassi y las reclusas, convirtiendo el penal, por momentos, en un espacio improbable de experimentación.

Ángel en las nubes, Sofía Bassi en Georgina Pounds Gallery (2026)

Esa misma lógica atraviesa su pintura. En Al encuentro, la figura avanza —no hacia algo específico, sino dentro de un espacio que jamás logra abrirse, perceptible apenas por una rendija: un pasaje contenido, una puerta entreabierta. En Ángel en las nubes, en cambio, el cuerpo aparece tan liviano en su luz dorada, como si se esfumara su peso sin desaparecer del todo. En Diosa emplumada se condensa la tensión: la paleta se enfría en sus azules oscuros y profundos , graves; más que habitar su entorno, emerge de él.

No son variaciones de un mismo motivo, sino modulaciones de una misma condición: desplazamiento, suspensión, contención.

Diosa emplumada, Sofía Bassi en Georgina Pounds Gallery (2026)

En sus lienzos no hay confesión ni ajuste de cuentas. Hay cuerpos suspendidos, criaturas híbridas, escenas donde lo fantástico no es evasión sino lenguaje. La violencia no se ilustra; se desplaza, se filtra. Su imaginario, cercano en espíritu al de Leonora Carrington o Remedios Varo, construye espacios interiores más que escenas narrativas; espacios que no terminan de abrirse.

Trabajar en la galería en ese momento —en su apertura— me hizo entender que los espacios también funcionan como dispositivos de relectura. No se trataba solo de colgar un cuadro, sino de volver a poner en circulación una obra leída durante décadas desde el prejuicio o la anécdota.

Hoy, cuando pienso en ese primer día, la imagen sigue siendo la misma: soledad frente ese Encuentro suspendido, algo sin resolver.

No era una confusión, sino una invitación.

Sobre el autor

Retrato de Emilio Esquivel del Bosque 

Emilio Esquivel del Bosque es un escritor basado en Ciudad de México. Estudia Letras Clásicas y escribe sobre arte contemporáneo, incluyendo textos para exposiciones y artículos dedicados a artistas y sus prácticas, además de poesía y narrativa. A través de la crítica y el ensayo breve, explora distintas formas de pensar y narrar el arte.

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