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El paraíso de los monstruos: Vanessa Raw y el paraíso de lo indómito

13.03.2026. CDMX
Texto por:
Emilio Esquivel del Bosque

Courtesy of Carl Freedman Gallery & amp; Georgina Pounds Gallery Copyright Artist Studio

No todas las exposiciones comienzan con una imagen. Algunas comienzan con una sensación.

En Monsters Paradise: The Becoming of Her Divine Beast, la exposición con la que la artista británica Vanessa Raw inauguró Georgina Pounds Gallery en Ciudad de México, lo primero que se percibe no es una escena, sino un clima. Antes de que la mirada intente descifrar lo que sucede en las pinturas, se instala una atmósfera: algo suspendido entre lo onírico y lo corporal, entre el reposo y una energía más difícil de nombrar.

Pasé bastante tiempo con estas obras antes de escribir sobre ellas. Durante dos semanas, mientras preparaba los textos de la exposición, regresaba a esas salas casi a diario: a veces con Vanessa, otras solo. Con el tiempo empecé a percibir que cada pintura parecía sostener su propia atmósfera sin perder su diálogo con las demás. Lo que más me intrigaba era la forma en que las pinturas se resisten a una lectura inmediata. Lo que creía entender de ellas mutaba con cada visita. No se dejan reducir a una escena o a una historia clara. Funcionaban como espacios donde algo permanece en movimiento, incluso cuando las figuras parecen completamente quietas.

Las mujeres de sus pinturas casi siempre están en reposo: recostadas, agrupadas o suspendidas dentro de paisajes densos donde árboles, animales y cuerpos parecen compartir el mismo ritmo. Nada parece ocurrir de manera explícita y, sin embargo, la quietud nunca transmite pasividad. Hay una intensidad contenida que circula entre las figuras, como si el silencio de la escena fuera apenas la superficie de algo más profundo.

Courtesy of Carl Freedman Gallery & amp; Georgina Pounds Gallery Copyright Artist Studio

Lo primero que llama la atención es la manera en que los cuerpos habitan el paisaje. No posan ni responden a una mirada externa. Simplemente están. Hay una naturalidad en la postura de las figuras que desarma cualquier expectativa narrativa. No hay seducción ni teatralidad, pero tampoco vulnerabilidad en el sentido convencional. Lo que aparece es otra forma de presencia: una autonomía tranquila, profundamente conectada con su entorno.

Para Raw, el cuerpo femenino no funciona como un objeto representado, sino como un territorio vivido: un espacio donde memoria, emoción e instinto convergen; el cuerpo respira al mismo ritmo que el paisaje. Animales y mujeres aparecen en una proximidad íntima, como si compartieran una misma lógica sensorial; la naturaleza no actúa como escenario, sino como una extensión de sus propios cuerpos. En ese mundo pictórico, las jerarquías se diluyen. Lo humano, lo animal y lo vegetal parecen formar parte de un mismo ecosistema emocional.

Podría pensarse, por ejemplo, en el rojo profundo que envuelve She Hid in the Shadows (2025). La escena parece arder desde dentro. No hay una fuente de luz clara: el resplandor surge del suelo, de la hierba y de los cuerpos bajo el follaje. Más que organizarse alrededor de un punto de iluminación, la pintura se sostiene en una atmósfera que lo impregna todo.

She Hid in the Shadows (2025). Vanessa Raw

En otras obras, esa luminosidad se vuelve aún más extraña. En If We Fly Away to the Afterlife (2025), pequeños destellos aparecen en lugares donde la lógica de la imagen no los justificaría: un muslo que brilla suavemente, la curva de un brazo, un fragmento de piel que parece encenderse sin razón aparente. La luz no describe el espacio; parece surgir de la intensidad emocional del momento.

If We Fly Away to the Afterlife (2025). Vanessa Raw

Algo similar ocurre con los animales. En esa misma pintura, varios pájaros rodean a las figuras sin interrumpir su quietud, compartiendo el mismo territorio. En Chills Down My Spine (2025), esa relación se vuelve aún más evidente: los cuerpos se entrelazan con ramas y hojas hasta formar una estructura casi orgánica, como si el paisaje no fuera un escenario sino una prolongación natural del propio cuerpo.

Poco a poco, esa relación entre cuerpo y naturaleza empieza a revelar uno de los núcleos conceptuales del trabajo de Vanessa Raw: la idea del monstruo. El título de la exposición ya anuncia esa paradoja: un paraíso de monstruos. Pero en el universo de la artista lo monstruoso no es deformidad ni amenaza, sino libertad y conexión: aquellas partes del ser históricamente consideradas excesivas, especialmente en relación con la experiencia femenina.

Chills down my spine. Vanessa Raw.

Demasiada emoción.
Demasiado deseo.
Demasiada intensidad.
Demasiado cuerpo.

Convertirse en monstruo no implica adoptar una forma grotesca, sino dejar de reprimir esas partes del ser. Cuando esas dimensiones se integran y se aceptan, se transforman en una forma distinta de equilibrio interior. Es también en esa integración donde, para Raw, aparecen la belleza y la sensualidad: no como provocación, sino como la expresión natural de un cuerpo que ya no necesita ocultarse. De ahí proviene la confianza silenciosa que transmiten muchas de sus figuras: no es la seguridad que nace de la perfección, sino la que aparece cuando las contradicciones dejan de ocultarse.

Esa reconciliación también se refleja en una decisión formal que atraviesa toda la exposición: la ausencia de la figura masculina. En el universo pictórico de Raw no hay hombres visibles. La decisión no responde tanto a un gesto de exclusión como a la necesidad de construir un espacio psicológico distinto. La presencia masculina en una escena íntima introduce inmediatamente una dinámica de poder que transforma la naturaleza de la imagen. Al eliminarla, el espacio pictórico se convierte en algo más cercano a un santuario: un lugar donde las figuras femeninas pueden existir sin negociación ni expectativa externa. No significa que lo masculino desaparezca por completo. A veces se encuentra desplazado en los animales que acompañan a las figuras, que en ciertos momentos pueden sentirse protectores; en otros, inquietantes, como ocurre con los recuerdos o estados emocionales profundos. Su significado nunca es completamente estable.

Courtesy of Carl Freedman Gallery & amp; Georgina Pounds Gallery Copyright Artist Studio

Los animales abren otra dimensión dentro de estas escenas. Raw se ha referido en varias ocasiones al concepto junguiano de la “sombra”: aquellas partes del inconsciente que preferimos no reconocer en nosotros mismos. Los animales encarnan precisamente esa dimensión instintiva que existe fuera del condicionamiento social: siguen el impulso antes que la norma. Las mujeres que retrata parecen compartir ese mismo estado de libertad.

La primera vez que vi una de sus pinturas recuerdo haberle comentado a Georgina Pounds que las figuras me hacían pensar en ninfas. Había algo en la forma en que esos cuerpos habitaban el paisaje —esa mezcla de libertad, intimidad y despreocupación— que evocaba escenas antiguas. Era como observar el bosque desde los ojos de Acteón antes de que el deseo de posesión interrumpiera la escena. En las pinturas de Raw no hay castigo ni transgresión; el mundo permanece intacto, suspendido en un momento sin conflicto.

Retrato de Vanessa Raw por Kat Green

En ese contexto, la sensualidad que atraviesa estas pinturas adquiere un significado particular. No aparece como exhibición ni como provocación, sino como una consecuencia natural de la libertad que habita en las figuras. Cuando el cuerpo deja de ser vigilado o juzgado, la belleza emerge de otra manera: no como ideal ni como perfección, sino como una forma de presencia. La piel, los gestos y la proximidad entre cuerpos y paisaje producen una sensualidad silenciosa que no busca ser observada, pero que inevitablemente atrae la mirada.

Tal vez por eso sus pinturas producen una sensación extraña: la de haber llegado a un lugar anterior a la corrupción. Un mundo donde el cuerpo todavía no ha sido disciplinado por ojos ajenos, donde los animales no son paisaje sino presencia, y donde el paisaje no separa lo humano de lo natural. Las figuras descansan, conversan y se recuestan entre ramas y hierba con una tranquilidad difícil de imaginar fuera de su pintura.

En ese sentido, el paraíso al que alude el título de la exposición no es un lugar perfecto, sino un estado: el momento en que aquello que alguna vez fue llamado monstruoso deja de percibirse como amenaza y puede existir, finalmente, con absoluta naturalidad. Simplemente ser, en libertad.

Sobre el autor

Emilio Esquivel del Bosque

Emilio Esquivel del Bosque es un escritor basado en Ciudad de México. Estudia Letras Clásicas y escribe sobre arte contemporáneo, incluyendo textos para exposiciones y artículos dedicados a artistas y sus prácticas, además de poesía y narrativa. A través de la crítica y el ensayo breve, explora distintas formas de pensar y narrar el arte.

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