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SONIDOS DEL MUNDO

Oyendo el espacio, el tiempo y todo lo que hay en medio a través de los audífonos de John Grzinich

Todo en el mundo tiene su propio sonido: clac, tin, push, flash, cuac, plin, din, dong. Cualquier elemento, por cotidiano e insignificante que sea, tiene dentro de sí la potencia sonora de narrar historias, de advertirle al mundo su presencia de manera auditiva. Que nosotros, transeúntes descuidados en medio de la realidad, no los oigamos o, lo que es peor, no los interioricemos es otro asunto. Oír, escuchar, grabar y después crear arte con los sonidos que el mundo escupe y silba a diario es el asunto de John Grzinich, un artista, arquitecto y melómano en el más amplio sentido de la palabra, proveniente de Estados Unidos pero radicado en Estonia.

El viento, el silencio, los diferentes ecos que acentúan las estructuras de un espacio vacío, la ciudad, el cielo, una armada de hormigas atravesando un fragmento de tierra.. Esos paisajes sonoros, ese sound art, es el que le interesa a Grzinich, un chico que un día revolcó los viejos cajones de música de sus abuelos y encontró casettes en cuyas cintas estaba impregnado el lenguaje de otros tiempos, estaba encapsulada una epifanía.  Grzinich le dio una probada a la música cuando era pequeño y desde aquel momento se quedó enganchado como una especie de junkie que está siempre en busca de un nuevo sonido, una interpretación diferente, una cacofonía exótica que despierte sus sentidos. Este artista del sonido advierte que a través de sus experimentos musicales consiguió alcanzar estados meditativos y de trance profundo sin la necesidad de psicotrópicos o alucinógenos. Uno de eso ejercicios sonoros que le abrieron la puerta hacia nuevos estados de conciencia es uno que usted podría practicar en su propia casa. Cierre cortinas y ventanas, no deje que ningún rayo de luz lo perturbe o distraiga, cierre los ojos y escuche música o sonidos instrumentales a un buen volumen a través de unos audífonos. Verá cómo su mente es capaz de percibir formas, de generar espacios, de dibujar elementos alrededor suyo.

Las especulaciones sonoras de este Jean Baptiste Grenouille  del sonido, de este catador de frecuencias y melodías lo llevaron a convertirse en arquitecto por el mero hecho de tratar de conocer las incidencias que tienen las estructuras y los espacios en los sonidos y las frecuencias. Su utilización del sonido como medium lo llevó a convertirse en un artista relevante y reconocido en el mundo entero.

Obras como Formica Aquilonia, en la que, con micrófonos hipersensibles, escucha el estruendo de una colonia de hormigas trabajando; Listening People, en la que hace que la gente experimente los sonidos de su entorno a través de unos audífonos, o su serie New Maps of Time, en las que registra los modos en que los ecos dibujan y determinan diversos espacios, son grandes ejemplos de las persecuciones de este sujeto que pretende hacernos caer en la cuenta del sonido y sobre todo, en la cuenta de todo aquello que cobra forma cuando el silencio domina. Además de hacer esta creaciones a través de grabaciones, Grzinich crea instrumentos, lleva a acabo perfomances y es el coordinador de un espacio de residencia artística en Estonia llamado MoKS.

“Micrófonos y parlantes son mecanismos para la detección, amplificación y reproducción de sonidos. Esto parece obvio. Sin embargo, usualmente debo recordarle a la gente que hasta que no seamos capaces de escuchar a través de un implante neurológico, necesitaremos escuchar todos los sonidos acústicamente con nuestros oídos”, dijo el artista para la publicación Ear Room. Esta afirmación abre el campo para una reflexión sobre el hecho de que los sonidos están por ahí, regados por el mundo, pero es necesario que la gente aprenda a escucharlos, pues los paisajes sonoros no tienen mucho sentido sin oídos que los reciban y a través de los cuales puedan tener un impacto en el planeta del que hacen parte.

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