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México en la 61ª Bienal de Venecia: RojoNegro y los gestos invisibles que sostienen el mundo

16.07.26. Venecia

Vista de la instalación: RojoNegro 61st Venice Biennale, 2026. Foto: Alvise Busetto. Cortesía: No Man’s Art Gallery.

Hay prácticas artísticas que no buscan producir imágenes, sino transformar la manera en que entendemos el mundo. No pretenden representar una realidad existente, sino alterar las relaciones desde las cuales esa realidad puede ser percibida. En ese desplazamiento opera RojoNegro, el dúo conformado por María Sosa y Noé Martínez, cuya investigación propone que el conocimiento también puede habitar un cuerpo, un ritual, una piedra, una semilla o una acción compartida.

RojoNegro, el dúo conformado por María Sosa y Noé Martínez.

Su proyecto Actos invisibles para sostener el universo, con curaduría de Jessica Berlanga Taylor, parte de una pregunta esencial: ¿qué sostiene realmente la vida cuando nadie está mirando? Lejos de la monumentalidad o el espectáculo, la obra dirige la atención hacia aquello que normalmente permanece fuera del centro: los gestos cotidianos, las prácticas de cuidado, la memoria transmitida oralmente, las tecnologías rituales y las formas comunitarias de relacionarse con el territorio.

Vista de la instalación: RojoNegro 61st Venice Biennale, 2026. Foto: Alvise Busetto. Cortesía: No Man’s Art Gallery.

Quizá la pregunta que atraviesa la propuesta no sea cómo imaginar un futuro distinto, sino cómo reconocer aquello que ha permitido que innumerables mundos sobrevivan hasta el presente.

Durante décadas, gran parte del pensamiento occidental ha entendido el progreso como una sucesión de rupturas. RojoNegro propone otra posibilidad. Su práctica entiende la continuidad como una forma de resistencia. Las cosmogonías indígenas, afrodescendientes y campesinas no aparecen como archivos del pasado ni como referencias culturales; funcionan como sistemas vivos de pensamiento que siguen organizando maneras de comprender el tiempo, el cuerpo y la naturaleza.

Vista de la instalación: RojoNegro 61st Venice Biennale, 2026. Foto: Alvise Busetto. Cortesía: No Man’s Art Gallery.

La obra del dúo evita ilustrar conceptos. En cambio, construye experiencias donde el conocimiento ocurre a través de la instalación, el performance, el sonido y los materiales orgánicos. Más que contemplar una obra, el visitante es invitado a entrar en una temporalidad distinta, donde escuchar se vuelve tan importante como observar.

No hay nostalgia en ese gesto. Tampoco una idealización de los saberes ancestrales. Lo que emerge es la posibilidad de comprender que existen formas de conocimiento cuya vigencia no depende de la innovación tecnológica ni de la velocidad con la que el mundo produce información. Frente a una cultura obsesionada con lo nuevo, RojoNegro recuerda que también existen saberes cuya fuerza proviene precisamente de haber permanecido.

Esta aproximación encuentra una profunda afinidad con In Minor Keys, la propuesta curatorial de la 61ª Bienal concebida por Koyo Kouoh. Pensada como una partitura colectiva, la exposición invita a escuchar las voces que históricamente han permanecido en los márgenes: ritmos lentos, memorias compartidas y formas de existencia que desafían las narrativas dominantes. En ese contexto, la curaduría de Jessica Berlanga Taylor sitúa el trabajo de RojoNegro desde una sensibilidad que privilegia la relación, la transmisión y el conocimiento situado por encima de cualquier lectura monumental.

Vista de la instalación: RojoNegro 61st Venice Biennale, 2026. Foto: Alvise Busetto. Cortesía: No Man’s Art Gallery.

El título Actos invisibles para sostener el universo funciona casi como una declaración. Habla de acciones que rara vez reciben reconocimiento porque su función no consiste en llamar la atención, sino en mantener el equilibrio. Como ocurre con quienes cuidan un territorio, preservan una lengua, transmiten una ceremonia o mantienen vivo un conocimiento colectivo. Son prácticas silenciosas que sostienen comunidades enteras sin necesidad de convertirse en espectáculo.

En un tiempo dominado por la sobreproducción de imágenes, RojoNegro desplaza la mirada hacia aquello que permanece fuera del encuadre. Allí donde el arte deja de ser únicamente un objeto para convertirse en una forma de relación. Más que hablar de memoria, su trabajo la activa. Más que representar otras maneras de habitar el mundo, nos recuerda que siempre han estado ahí, esperando ser escuchadas.

Jessica Berlanga Taylor, curadora de Actos invisibles para sostener el universo. Pabellón de México en la 61ª Bienal de Venecia.

Conversamos con Jessica Berlanga Taylor, curadora de Actos invisibles para sostener el universo, directora de la Stuart Collection y Chief Campus Curator de la Universidad de California San Diego. Desde una práctica curatorial que articula arte público, investigación y pensamiento crítico, comparte con EXCLAMA las ideas que dieron forma al Pabellón de México en la 61ª Bienal de Venecia. Preguntas por Juan Echavarria.

En los últimos años, términos como decolonialidad, ancestralidad o justicia epistémica han pasado de ser posiciones críticas a convertirse también en lenguajes institucionales. ¿Cómo evitar que estos conceptos se conviertan en una estética reconocible más que en una práctica transformadora?

Es un riesgo real y no lo minimizaría. Cuando estos términos circulan tanto, corren el peligro de volverse ornamentos que el sistema del arte puede absorber sin que nada se transforme realmente.

La propuesta trabaja con cosmogonías indígenas, afrodescendientes y campesinas como matrices de
pensamiento vivas que organizan sus formas de creación, vínculo e imaginación. Están trabajando desde sus propios archivos familiares, comunitarios y experienciales.

Y hay algo en los materiales mismos que resiste la domesticación estética. El barro se agrieta con la humedad y la temperatura del Arsenale, y esas grietas no se pueden controlar ni embellecer del todo, son la prueba de que la materia sigue viva. La sal tampoco es estática: absorbe humedad, cambia de textura con el clima de la sala, envejece como un cuerpo que suda. Y es, literalmente, el residuo mineral de nuestras lágrimas y nuestro sudor. No representa el cuerpo desde afuera, lo contiene desde dentro. En el video, lo que impide la estetización es el esfuerzo de modificar un cuerpo occidentalizado hacia una postura mesoamericana: es una desprogramación física y mental. María y Noé performan el archivo en carne propia, con el cansancio genuino de desaprender una manera de habitar el cuerpo para aprender otra.

Ahí, en lo que se resiste a quedar bonito, es donde la práctica se vuelve transformadora y no solo
enunciativa.

La propuesta habla de «actos invisibles». En una época obsesionada con la visibilidad, la documentación y la circulación de imágenes, ¿qué potencia política encuentras en aquello que permanece fuera de la mirada?

Vivimos en una economía de la visibilidad casi obligatoria: si algo no se documenta, no existe. Actos invisibles se opone a esa lógica.

María y Noé lo explican mejor que yo. Piensan en los actos invisibles que sostienen al universo, como las personas que sostienen lo poco que tenemos para no caer en el caos: desde los rarámuris danzando, los ecologistas que buscan salvar bosques y mares, las madres que buscan a sus hijos desaparecidos, hasta quienes tienden la mano a los enfermos, los ancestros que resguardan a sus comunidades, y quienes tejen redes comunitarias de ayuda mutua.

La potencia política de lo invisible es precisamente que no puede ser extraído, monetizado ni capitalizado como imagen. Una madre buscadora no posa para la cámara: su acto sostiene el mundo precisamente porque no busca ser visto. El trabajo comunitario es para la comunidad, no para las cámaras. Por eso el pabellón se ofrece como ofrenda a esos actos. Es un homenaje a las fuerzas que sostienen el mundo desde el anonimato.

La propuesta dialoga con In Minor Keys, el marco curatorial planteado por Koyo Kouoh. ¿Qué resonancias encontraste entre el pensamiento de Kouoh y las preocupaciones de RojoNegro, y dónde aparecen también las diferencias o fricciones más interesantes?

Las resonancias son profundas. Kouoh propuso una bienal donde el tiempo no fuera propiedad corporativa, y donde la experiencia fuera más sensorial que didáctica, restauradora en lugar de agotadora. Eso es exactamente lo que Actos invisibles busca: desacelerar al cuerpo, devolverle agencia sobre su propio sistema nervioso.

También hay una resonancia ética: Kouoh insistió en escuchar a los artistas en vez de hablar por ellos, en sintonizar con frecuencias menores antes que con el espectáculo del horror. RojoNegro se aleja del dolor colonial como espectáculo, y lo sostiene, lo transforma en ritual.

La fricción más interesante para mí está en el tono. Kouoh, citando a Toni Morrison, defendía que no se puede vivir solo en la crisis, que hace falta también el amor y la magia. Es una propuesta gozosa, casi festiva: el jazz libre como metáfora central. RojoNegro entra por una puerta más oscura: la pieza es explícitamente una ofrenda a los muertos y a los desaparecidos en México. Donde Kouoh propone alegría y trascendencia, RojoNegro insiste primero en el duelo. Creo que ambas posturas terminan en el mismo lugar, la sanación, pero llegan ahí por caminos distintos: una por la celebración, otra por el luto. Esa tensión, lejos de ser un problema, es lo que vuelve interesante el diálogo entre el pabellón y el marco curatorial general.

Si el éxito de un pabellón no se midiera por cobertura mediática, premios o cantidad de visitantes, ¿qué tendría que ocurrir para que consideraras que Actos invisibles para sostener el universo cumplió realmente su propósito?

Si dejo fuera cobertura, premios y cifras de público, lo que me importaría es algo mucho más difícil de medir: que alguien haya entrado al pabellón corriendo, con el paso acelerado de la Bienal, y haya salido caminando distinto. Que su respiración se haya modificado, aunque sea por unos minutos.

También me importaría que la obra no terminara en Venecia. Por eso insistimos en que el proyecto
continue más allá de la exhibición: el catálogo no es sólo documentación, sino un espacio donde otras voces puedan seguir pensando con la pieza, y el programa público en México busca que estas reflexiones regresen a donde nacieron, no que se queden circulando únicamente en el circuito internacional.

Y, de manera muy personal: me importaría que María y Noé sintieran que su archivo familiar, la
Huasteca, Michoacán, sus muertos, fue honrado. Que la Bienal les sirvió a ellos, a su comunidad, a las epistemologías que portan, y no al revés. Si eso ocurrió, aunque sea para una sola persona, el pabellón cumplió su propósito.

Jessica Berlanga Taylor
Junio 24, 2026


Sobre RojoNegro

RojoNegro es un dúo artístico conformado por María Sosa (Michoacán, México, 1985) y Noé Martínez (Michoacán, México, 1986). Su práctica entrelaza la memoria ancestral, los lenguajes del cuerpo y las tecnologías rituales desde una perspectiva decolonial. A través de la instalación, el performance, el sonido y el uso de materiales orgánicos, desarrollan proyectos que convocan formas de conocimiento situadas y cuestionan los procesos de colonización y sus efectos persistentes sobre los cuerpos, los territorios y las cosmovisiones contemporáneas.

Entre sus exposiciones individuales recientes y próximas se encuentran el Pabellón de México en la 61ª Bienal de Venecia (Italia); Los fragmentos que curan, en No Man’s Art Gallery, Ámsterdam (Países Bajos); Volví a ser vasija, volví a ser animal, volví a ser planta, volví a ser tiempo, en el Museo de Arte de Zapopan (México, 2024); Tepalcates de sueños, comisionada por el Swiss Institute de Nueva York en Ciudad de México (2022); y El encuentro de los tepalcates, proyecto off-site con performance y videoinstalación comisionado por el Swiss Institute de Nueva York (2021). Su trabajo también ha formado parte de exposiciones y proyectos como la comisión para la Stuart Collection de la Universidad de California en San Diego (EE. UU.); Fantastic Creatures, Museum van Bommel van Dam, Venlo (Países Bajos); Transmisión Ancestral, Plataforma, Guadalajara (México, 2024); Cordillera, Galería Extra, Ciudad de Guatemala (2024); Las estrellas me iluminan al revés, No Man’s Art Gallery, Ámsterdam (2022); y la Venice International Performance Art Week, realizada en Palazzo Mora, Venecia (2016).

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