07.10.2026. Bogotá
Texto de sala por Camila Polania

llegar a un lugar y empezar a quedarse. mirar una pared, el ángulo de una ventana, la altura del techo; dejar que una tela encuentre su caída, que un color alcance a otro, que una red se abra y sostenga el aire. en la obra de Astrid Svangren, instalar también es una forma de iniciación; un ritual de pequeños gestos a través de los cuales la sala comienza a cambiar. se vuelve casa. se vuelve jardín.
el jardín cerrado se construye desde una intuición que sabe dónde poner un elemento junto a otro, desde una atención precisa a las fuerzas mínimas de los materiales, guiada por una mezcla de intención y azar. hay una estructura, pero también una zona de juego, como cuando ordenas un cuarto y dejas que algunas cosas se queden donde cayeron. una tela cae y otra parece entrar en conversación con ella; un pliegue le abre espacio a una sombra; una red abre pequeños agujeros y la luz aprovecha para entrar. el espacio empieza a componerse en color, textura, peso y transparencia.
el jardín se convierte entonces en un espacio de intimidad asociado al cuerpo, al deseo, a la transformación. se viste; no de flores, sino de criaturas; o de los vestidos de unas criaturas que podrían ser cualquier cosa. las formas y los materiales son tela, piel, después superficie, abrigo, rastro. vestirse aquí implica probar una forma de estar, cambiar de identidad, incluso cambiar de especie. un velo guarda una piel; una piel se acerca al pelo; y el pelo se vuelve un tejido amarillo de esos que parecen guardar el color del sol.
así arma Svangren sus escenarios, con la teatralidad de un montaje que vuelve habitable lo ajeno, levantando un retablo para lo que todavía no tiene nombre. hace casa, y hacer casa, es acompañar los elementos que llegan y se agrupan, se separan y se buscan como en un ensayo sin estreno, van entretejiendo un interior que se despliega hacia afuera y deja que cada pieza tome su sitio y al mismo tiempo se contagie de las otras.
la instalación se vuelve una pintura sin soporte, un marco sin cristal, una naturaleza muerta que sigue cambiando y que Svangren devuelve a la vida. la pintura abandona el límite del cuadro y encuentra otras superficies; el color se vuelve materia. el material se vuelve espacio. y el espacio, poco a poco, adquiere algo de cuerpo. quizás por eso el jardín está cerrado, aunque creo que las dos podríamos estar de acuerdo en que no tiene comienzo ni final, ni tal cosa como un antes y un después, un origen o un desenlace.
está cerrado, no para impedir la entrada, sino para que algo pueda ocurrir dentro.
crecer. comer. cambiar de forma. cambiar de especie. abandonar el cuerpo.
mirar a sus criaturas, quererlas, alojarlas, imitarlas. sentir celos de ellas.
el jardín cerrado, vestido por un día con atuendos de criaturas fluídas, Astrid Svangren
Talleres Telecom – EXCLAMA Proyectos
01.09.26 – 30.10.26
Bogotá, Colombia

