OMERTA
Y ¿Cómo era aquel lugar? Se preguntarán. Pues bien, la peculiaridad del espacio está en todos sus componentes. Un tesoro escondido en un rincón desconocido. No le faltan epítetos. Pero no nos adelantemos. Regresemos donde lo dejamos. La policía irrumpe con fuerza y cierta sorna, y la escena finaliza con varias furgonetas repletas de personal sorprendido en la redada, con el fondo musical de un coro de ululantes sirenas.
El jolgorio repentino da paso a un silencio devastador acompañado de una suave y amarga melodía. Lejos de amedrantar al vacilante Sr. Morris, este se levanta y cambia de canción. Son otros tiempos. Los ritmos del jazz sureño empiezan a hilachar la banda sonora de una nueva y desértica época. Suenan nuevos tiempos. Aún entumecido por lo que se avecina, el Sr. Morris hace algunas llamadas. Sabe que no debe hablar más de la cuenta. “Speak easy” le dice su interlocutor. Debe ser precavido si no quiere acabar entre un puñado de municiones, así que cuelga el auricular. Lo mejor será echar un vistazo al desvalijado almacén en el que horas antes, una coreografía dantesca danzaba a sus anchas entre licores fabricados en alambiques clandestinos. Tiene suerte, murmura el Sr. Morris. Entre una maraña de vacíos anaqueles de botellas encuentra una de la que antaño hacía sus delicias a sus clientes, sabuesos de nuevas experiencias. No diremos el nombre, mejor.
De nuevo una llamada interrumpe su letargo de recuerdos. Esta vez el Sr. Morris no dice nada, escucha atento las palabras que suenan al otro lado del teléfono. Y cuelga. Le da un trago a la botella. Todo sirve para tratar de calmar ese ardor pertinaz que sentirá en la garganta durante los próximos 13 años.
Decidido a desafiar a una Ley aplicada en un contexto paradójico, el Sr. Morris sale al encuentro de su colega de infortunios el Sr. Salvatore. Ya se nos ocurrirá algo, piensa él. Lo que no se imaginaba es que el Sr. Salvatore ya estaba tramando un plan con el fin de frotarse las manos entre un buen puñado de billetes.
El Sr. Salvatore era un abogado de escaso brillo, que si bien no destacaba demasiado por su intelecto, se las había ingeniado para labrarse una respetada reputación con la Cosa Nostra. Un capo de tutti capi. El Sr. Morris era consciente de que la colaboración de su colega con “la gran empresa” le reportaría cuantiosos beneficios.
Así que se pusieron manos a la obra. No había tiempo que perder pues el atractivo, violento y contradictorio mundo de la mafia no concede pasatiempos. Y no podían retozar a pequeña escala. Tenían que jugar bien sus cartas y extender sus tentáculos, llegando incluso a utilizar la violencia y el chantaje contra todos aquellos que optaran por desafiar su poder. Pero para ello debían ser cautos, operar al margen de la ley vigente y, sobre todo, disponer de su propio código de conducta.
“Despídase de la luz del día”, le dirá el Sr. Salvatore a su colega. Somos hombres de honor, le recuerda. Y para ello debemos cumplir como tal: navegamos entre fantasmas encubiertos, todos nuestros movimientos son vigilados, debemos hablar siempre en voz baja y con furtiva cautela. “Speak easy”, insistirá el Sr. Salvatore mientras inca el diente a una ostra jurásica de Cambedo. La Ley del Silencio ha llegado dispuesta a quedarse.
Ahí sentados en el viejo almacén, podría llevarse a cabo la escena que diera comienzo a una película del Hollywood dorado de los años 30. Sin ir más lejos, el depósito de la coctelería Dry Martini es donde nace uno de los secretos gastronómicos mejor guardados de Barcelona: el “Speakeasy”. Sin nada en el exterior que indique su existencia, el restaurante “Speakeasy” es un rincón único, reservado e íntimo que recoge el espíritu de antaño de locales clandestinos de Chicago y New York en los años de la Ley Seca.
Si bien no fue hasta hace unos años que abrieron al público, pues hasta entonces estaba reservado para reuniones y eventos privados; con su apertura, el Speakeasy se ha convertido en uno de los establecimientos más singulares de la Barcelona cosmopolita.
Con la contraseña en mano y tras colarse por una puerta camuflada, se accede a un espacio subterráneo inundado por los spirits prohibidos y el jazz sureño, ofreciendo así a sus clientes un paréntesis en el tiempo. Una atmósfera de complicidad embriaga al comensal entre estanterías de botellas, cajas de vino apiladas y una excelente bodega.
Mientras el equipo de cocina, abanderado por Martin Marchese ya ha encendido la maquinaria (la carta se renueva 3 veces al año), el aventurero comensal debe dejarse recomendar por Javier de las Muelas, artífice del local y prestigioso coctelero de fama mundial. Lo recibirán como no podía ser de otra forma: con el legendario Dry Martini. Quizá al terminar la velada el sujeto sienta su temperatura más alta de lo habitual.
Gócelo, no levante sospechas y recuerde: “Speak easy”.



