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[Bogotá]
Texto:
Juan David Rico Salazar
Fotografía:
Juan José Ortíz
Tema:
Un juego milenario en el que la cerveza y la pólvora son protagonistas.
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El nombre del juego: TurmequÉ

Al contrario de lo que se podría pensar, las cervezas me ayudan a jugar mejor.

La reputación está en juego. También lo están las polas que me he tomado. Al contrario de lo que se podría pensar, las cervezas me ayudan a jugar mejor. El vallenato y las carcajadas de los maestros de construcción componen la banda sonora. Mi postura es torpe, pero pensando en vectores y ángulos estoy inocentemente convencido de que “no hay pierde”. Tengo este triunfo en mi bolsillo. Adelante, mi objetivo. Necesito precisión. La fuerza y la dirección deben ser exactas. Espero la explosión, necesito la explosión.

Hace 500 años estaría jugando con un disco de 2kg de oro y tomando chicha. A medida que el oro se fue yendo a España no hubo más remedio que jugar con piedras. La chicha sí se continuó sirviendo por más de que la prohibieran, aunque hoy en día jugamos con discos metálicos y cerveza.

De alguna manera este juego, el Tejo, es parecido a los bolos, pero el disco vuela en vez de rodar, y en vez de tumbar los bolos lo que se hace es volar alguna de cuatro mechas de pólvora. El movimiento para tirar el disco es similar al de la rana -que se juega en España y algunos países latinoamericanos como Colombia, Perú y Argentina-, o al lanzamiento del pitcher en softball, sólo que el disco va flotado, no recto. Las “mechas” se colocan en el centro de una caja llena de arcilla levantada algunos ángulos del piso, las cuales deben hacerse estallar con el disco metálico desde una distancia de casi 20 metros. El tejo es un juego de origen indígena que se consolidó como parte de la cultura popular del interior del país. Fue nombrado Deporte Nacional de Colombia por el Congreso de la República en el año 2000.

Desde ese entonces hubo una especie de boom del tejo en la capital. Los universitarios comenzaron a jugar tejo y a jalarse. O mejor, a jalarse mientras juegan con pólvora y discos metálicos de dos kilogramos. Para eso, diferentes lugares en diferentes locaciones de la ciudad se fueron adaptando para recibir a nuevas generaciones y nuevos estratos en sus canchas. Las canchas de tejo. Las canchas de Turmequé -sin el oro y con un poquito más de ropa-.

Los sentidos juegan una parte fundamental. La relación de los jugadores de tejo con la explosión es como la relación de los jugadores de hockey sobre hielo con la sirena, o de los jugadores de bolos con las chuzas, o de los futbolistas con el murmullo y el canto del público. El tejo promueve la conversación, la juerga, el bullicio. Es un juego de destreza individual, diseñado para compartir. Jugar tejo es “mamar gallo”, “joderle la vida” al equipo contrario, tomar cerveza y sentir la misma emoción que con un gol cuando explota la pólvora.

A medida que la mesa se llena de botellas vacías -generalmente no se recogen para llevar la cuenta- el juego se vuelve más y más interesante (la mayoría de los equipos de tejo son patrocinados por marcas de cerveza).

Resulta una excelente opción para aquellos jóvenes que buscan algún tipo de arraigo, que buscan raíces y no las encuentran tan fácilmente en nuestra ciudad, que ya predomina por ser un típico centro urbano en construcción.

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