Majiang: una apuesta china
A veces es fácil encontrarlos. Tienen en su entrada escrito en grandes caracteres Majiang o Mahjong como se dice en cantonés. Pero generalmente, los salones de juego de Majiang se esconden entre calles que serpentean los hutongs -barrios tradicionales de Beijing- o en pequeños almacenes cerca a conjuntos residenciales. El sonido de las fichas los delata detrás de las puertas oscuras y en su exterior sólo se leen frases supersticiosas como `salón de juego feliz´, `extremadamente afortunado´ o `buena suerte´.
Parece que no quisieran ser encontrados. Son pequeños y suelen tener no más de diez mesas de juego. No necesitan nuevos clientes. Los que los visitan son jugadores fieles, todos los días se encuentran y pasan largas horas juntos, entre ronda y ronda, tomando té y charlando. No hay espacio para el licor. A pesar de que jugar majiang no es muy difícil, la concentración es necesaria. Más, cuando normalmente tienden a mezclar unos cuantos yuanes por ronda. En un país donde los casinos están prohibidos, jugar majiang ofrece el extraño y contradictorio placer que trae el apostar.
Los orígenes del majiang son imprecisos. Algunos dicen que fue una invención de Confucio, pues surgió en la misma época y sus fichas más importantes simbolizan las tres virtudes confucianas: benevolencia, sinceridad y piedad filial. Otros creen que en tiempos antiguos funcionaba como un oráculo y tablero para registrar los movimientos celestes. Pero sólo es desde la China imperial a principios del siglo XX, que el juego tomó forma y definió sus reglas. Ese es el majiang que aún se juega en las calles de Beijing.
Durante toda la época maoísta, estuvo prohibido en China. Fueron años de revolución, de luchas y de comunismo pleno. No había tiempo para juegos y mucho menos para aquellos que incitaban las apuestas. Algunos continuaron jugándolo en sus casas, pero se volvió una práctica peligrosa: el majiang era un dejo imperialista y un indicio capitalista: sólo los que tenían dinero de sobra se arriesgarían a jugarlo.
Después de la muerte de Mao y los cambios sociales impulsados por Deng Xiaoping, el majiang volvió a las calles chinas. Salió a los parques bajo el brazo de los ancianos, que se reunían a jugarlo en las mesas públicas. Se tomó el corazón chino, especialmente el de aquellos mayores y pensionados, que recuerdan haberlo jugado en la infancia.
Y logró cautivar además a los nuevos capitalistas. Los salones de juego retornaron en todo su furor, solo que esta vez con elementos modernos: mesas que mueven los dados y que mezclan las fichas automáticamente. El juego sigue siendo el mismo, aunque algunas reglas han cambiado desde que china escribió el reglamento oficial y en 1998 lo nombró juego nacional chino.
Solo que en esos salones felices, el juego pierde esos tonos de diversión. Se pasa, escondida e ilegalmente, a la línea de la competencia y la adicción de ganar la ronda, y de paso, el dinero que viene con ella. Los rostros de felicidad se ven en aquellos que tienen a su lado mazos de cartas de póker que simbolizan el dinero. Los otros, fuman, toman té y se concentran. Aunque el dinero que se pierde por persona en cada ronda sea poco, aquellos fieles visitantes llegan a jugarse en todo el año, dos o tres salarios mensuales.
China mantiene una campaña contra las apuestas. El majiang sin embargo, con sus fichas que representan palos de bambú y flores, tiende a deslizarse sutilmente frente a los ojos de los oficiales. Hasta ellos caen en la tentación de jugarse unos yuanes en este juego nacional.












