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[Arquitectura]
Texto:
Juan Ricardo Rincón
Fotografía:
Juan Pablo Valencia
Tema:
Como la gente, las ciudades replantean sus identidades continuamente. El high line es un ejemplo claro de estos sobresaltos.
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El Highline

Diller Scofidio + Renfro de la mano de JCFO, hacen del high line un proyecto inteligente, en el que sin duda la arquitectura es la gran ausente.

El antiguo ferrocarril elevado serpentea Manhattan en el oeste desde el meat packing district hasta Hells kitchen, tajando edificios, evitando otros y definiendo el carácter de una sector a lo largo de 80 años.

Desde su construcción en 1934 el high line ha sido símbolo de orgullo e ignominia. De amor y odio. Como un niño el high line ha jugado a cambiar su disfraz a lo largo de los años; En sus primeros días la sociedad aplaudía la presencia de esta nueva estructura postindustrial, era el nuevo vehículo para la entrada de carne a la ciudad, símbolo de progreso y admiración; sin embargo la eliminación de los trenes y su abandono, hicieron de este pasaje un penoso expendio de drogas y punto de prostitución. Hace una década el mercado inmobiliario inyectó de tiendas, restaurantes y vida nocturna el sector, poniendo así al high line en la mirada de varios ensayos urbanos en los cuales se gestó el concurso, que dio el espacio para el proyecto que hasta el momento abre su primera fase entre Gansevoort y la calle 20.

El estudio liderado por Elizabeth Diller, Ricardo Scofidio y Charles Renfro con sede en la ciudad de Nueva York, hace del high line una propuesta notable dentro de una practica reconocida por sus proyectos experimentales (Blur Building 2002 y el reciente Exits 2009). Para el high line la firma parte desde la semántica misma, el concepto de “Agri-tectura” ideado por el estudio, es el punto de partida en el proceso de diseño, haciendo del proyecto un tejido entre hilos de concreto, madera y verdes; Desdibujando así, el límite entre la proyección arquitectónica y el no siempre evidente control de la aleatoriedad.

La propuesta comprende con claridad, la melancolía y encanto que produce la imagen de la plataforma postindustrial cubierta en maleza y vida animal, un delirio no siempre común; naturaleza triunfando sobre ingeniería.

Independiente a su calidad de parque lineal, el proyecto consta de un momento que empuja a sus visitantes a circular, igual a como lo hacían los trenes en ese mismo escenario. Este primer tramo del proyecto muestra el experimento urbano por parte de DS + R: entender el parque como un gran plano elevado para mirar la ciudad.

Argumenta el estudio la idea de reevaluar la figura del parque y a diferencia de otros, como el central y Prospect Park, el high line evita aislar al visitante, explotando así esa condición sublime de mantener al espectador a 9 metros de altura. El high line es un mirador urbano que capta una escala única de la ciudad proponiendo de esta manera una experiencia alternativa ya que a pesar de que el paisaje puede ser familiar, la ciudad sin duda alguna es otra a 9 metros de altura.

Los autores demuestran que la nueva generación de estudios multi-disciplinarios o “think tanks”, pueden crear proyectos en los que el rigor crítico va mas allá de la redundante necesidad de vanguardia. El verdadero experimento del high line es replantear la experiencia común del parque por medio de esta pasarela elevada, mantener al visitante haciéndose preguntas acerca de la ciudad, mirando las cubiertas o sencillamente sentándose en la gradería que se descuelga sobre la décima avenida a observar el trafico. De este modo la arquitectura del high line se resiste a la tentación de querer hacer demasiado, la carga conceptual supera la ejecución arquitectónica , proceder disímil al edificio vecino de la AIG diseñado por Frank Ghery, que opta como lo hacen la mayoría de proyectos de este arquitecto por la descontextualización total como modo de operar.

La propuesta de DS + R nos hace pensar que como la hierba, la arquitectura puede nacer del entorno, sin necesidad de abogar al ya explotado debate entre racionalismo y organicismo. Que unas bancas en concreto crecen desde un jardín de maleza, que la madera y la tierra son un mismo suelo. Demostrando así, que el operar arquitectónico independiente a la moda, tendencia, movimiento o como se le quiera llamar, es y será principalmente una cuestión de rigor.

Pero sobre todo que la arquitectura por imponente que pretenda ser, no es nada sin la presencia de curioso observador que este dispuesto a ser absorbido en un universo atemporal, ya que estas primeras veinte cuadras se pueden recorrer en 15 minutos o tres horas, dejando siempre la sensación de haber vivido un trance en el que el tiempo fue abandonado 9 metros abajo.

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