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[Tokio]
Texto:
Jon Txomin Enciondo y Natalia Alzate
Fotografía:
Natalia Alzate
Tema:
Un fin de semana en tokyo.
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Es abrumador ver tanta gente junta en la calle, viajando en tren o en metro, haciendo compras con sus bolsos de diseño colgados elegantemente del brazo, o simplemente yendo a casa después de un duro día de trabajo.

Sin embargo esta constipación desaparece, porque entre la estampida humana cada cual tiene un lugar para desplegar su vida; no en vano Tokio es reconocida como la ciudad más libre de asia.

Es una ciudad abierta a nuevas experiencias, pero con una fuerte creencia tradicional y ancestral que llena de magia todas y cada una de sus calles.

No es extraño encontrarse con centros juveniles como Shibuya, donde se erige un buda gigante, vigilando a las nuevas generaciones, impreso momentaneamente en una inmensa pantalla de televisión. Tampoco es extraña la tranquilidad de los parques, cuyos templos budistas predicen el futuro por sólo 100 Yens.

Las posibilidades son ilimitadas en una ciudad que parece nunca dormir y el espectáculo de sus habitantes es un acto silencioso, ambientado por el sonido de las maquinitas de juegos que parecen haber sido devueltas del futuro.

Perdemos un día entero en el mercado tradicional de Kanagawa, uno de los barrios más antiguos, inundado de objetos únicos y exclusivos, que retratan el pasado de una cultura milenaria. Luego pasamos una noche excesiva en una inesperada fiesta en un local subterráneo, comandada por una de las DJ más solicitadas de la onda musical japonesa, que revienta contra las paredes un tecno sofisticado.

Después de esa noche desenfrenada, la resaca nos llega por cuenta de un Whisky más barato que el agua y amanecemos en una casa de los años 40, donde el Tatami es el mejor colchón y las paredes de Shoji (puertas corredizas de papel) filtran la luz con suavidad, dejando ver a una chica japonesa que lee Comics a contraluz. Es una experiencia digna de una película de Ozu.

Para recuperar fuerzas vamos a comer noodles en la orilla de un generoso río, donde la gente hace barbacoas debajo de un puente. Se escucha en el aire la anécdota de que, ahí mismo, pensativa, vieron a la recientemente difunta estrella del rock, Kioshiro Imawano, es inimaginable.

No hay tiempo para descansar y la Yamanote Line, la linea giratoria que comunica todo el centro de tokio y que miles de japoneses abarrotan diariamente, nos abandona al pie de un inesperado festival tradicional. Los tambores y los Kimonos abarrotan las calles. Al rededor de un millon de espectadores, según el periódico del día siguiente, animan un pasa calles infinito que los turistas observan con entusiasmo.

Las sensaciones son muchas y variadas. Después de darnos un baño de costumbrismo, nada mejor que recorrer las calles de Shinyuku. Infectas de luces de neón, nos atraen como mosquitos hacia Karaokes llenos de teenagers, tiendas de piñata y aparatos electrónicos abiertas las 24 horas, Pubs llenos de strippers, restaurantes diminutos para comer Yakitori (pinchos variados de carne y vegetales) a buen precio, y Love Hotels donde pasar la noche en una habitacion recargadamente cursi.

El contraste de la tecnologia más avanzada y la tradición milenaria recrea una experiencia que tal vez sólo es comparable al más bizarro de los sueños. Tokio es una ciudad para vivirla de cerca y sentirla en exceso, abierta a todos aquellos que quieran vivir nuevas experiencias.

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