Recorrer sus andenes no es cualquier cosa, porque lo que se erige sobre ellos no son sólo vitrinas abarrotadas con millones de dólares en zapatos y bolsos. No, lo que se construye ahí es toda una cultura creada al rededor del exceso, del lujo por el lujo.
Por sus calles camina la gente ansiosa, mujeres perfectamente puestas, estratégicamente arregladas, profesionales en el arte de vestirse, montadas en plataformas tan altas como las cifras de sus cuentas bancarias, acompañadas de sus esposos, amantes o Sugar Daddys. Siempre van caminando con prisa, persiguiendo desesperadamente la última vanguardia y afanadas para no quedarse afuera del tren de la última moda.
Entran a Gucci, siguen hacia Ferragamo y conmovidas por el vestido que exhibe Armani se detienen un momento frente a la vitrina para idolatrarlo.
De hecho, la idolatría es el motor que mueve todos los rituales de compras en la Quinta Avenida. Un ejercicio de veneración a los caprichos de algún diseñador famoso y una adoración sin equívoco del ritual de compras más exclusivo.
La Quinta Avenida es tal vez una prueba del glamour que gobierna los estilos de vida más exigentes, pero también deja entrever ese exceso de soledad que invade a todos los habitantes de Nueva York. No hace falta ser muy listo para darse cuenta de que esas bolsas marca Prada, no sólo cargan las mejores creaciones de la moda, sino que también llevan toneladas de olvido.
Llevan faldas que hacen olvidar problemas, joyas que hacen olvidar insultos y lentes de sol que ayudan a olvidar rostros.











