Las puertas se abren a las 9 de la noche y los invitados, los cuales son informados de la localización exacta de la fiesta con tan sólo un día de antelación, van llegando sin hacer ruido. Personajes de la City, pulmón financiero de Londres, multimillonarios de todas las razas, cantantes, productores e incluso aristócratas por cuyas venas circula sangre azul, se dan cita en un evento en el que, para haber sido invitados, han tenido que pasar por un riguroso proceso de selección. Las reglas son claras y afectan a todos por igual, sólo se harán miembros a personas con grandes carteras en el bolsillo, o aquellos con un bagaje cultural e intelectual de altos vuelos, que tengan entre 20 y 45 anos y por encima de todo, que sean sexualmente atractivos. “No es todo una cuestión de dinero o de clase, en ocasiones he negado la entrada a personas que podrían comprar mi fiesta si quisieran” me comenta Emma Sayle, creadora de Killing Kittens y protagonista de El Personaje Exclama de esta misma edición.
Una vez todos los invitados han llegado y las puertas se han cerrado lo que queda es un número aproximado de doscientas personas de las cuales el 70% son mujeres y el resto hombres. Es precisamente aquí donde descansa el apelativo “revolución sexual” con el que el Daily Mail apodó esta fiesta, pues a diferencia de la mayoría de los eventos y productos que genera la industria del sexo, en Killing Kittens son las mujeres quienes deciden cómo se sucede la acción. En palabras de Sayle, “este es un escenario creado para que la mujer se desinhiba, explorando el sexo como le gusta, sin obedecer la voluntad los hombres”
En el área aledaña al “Bar” se despliega el cortejo propio de las horas tempranas, aquí socializar es sólo una excusa para cruzar miradas y hacerse una composición de lugar. El volumen de la música es suave, gentil, y nunca se eleva sobre el “Chin Chin” de los hielos al golpear con el cristal de las copas o el rumor de las conversaciones en los corrillos. Salvo que se indique lo contrario, ellas visten trajes de noche o corsés, aunque las hay quienes prefieren los atajos a las grandes avenidas y aparecen en paños menores y lencería de lujo. El cortejo sólo se produce en una dirección: desde ella hacia él.
A diferencia de las mujeres, los hombres sólo pueden acudir a la fiesta si van acompañados por sus parejas y nunca pueden insinuarse sexualmente por propia incitativa, sino que tienen que esperar a ser “seleccionados.”
Entonces alguna pareja impaciente rompe el hielo y dibuja la primera arruga sobre la cama, frente a las pupilas dilatadas y nerviosas de los invitados que permanecen vestidos todavía. Situada generalmente en alguna de las estancias superiores, en esta gran cama caben hasta cuarenta invitados. Algunos no se desnudan en toda la noche, ni participan en absoluto de la acción, sencillamente permanecen sentados, tímidos y observadores, a los pies de la Gran Cama.
Me dicen que hay muchos tríos, mucha acción entre mujeres y también entre grupos más numerosos. Me dicen que la fiesta termina oficialmente a las 4:00 a.m. aunque se sabe que muchas veces continúa largas horas más. Pero esto que os escribo lo sé solo porque me lo han contado, y en otros casos porque lo he leído. Yo, como ahora vosotros, quise saber más sobre este encuentro donde se dan cita el deseo, la curiosidad y el exceso, quise indagar más en lo profundo, quise despertar todos los detalles. Pero cuando en mi entrevista con Emma sobrepasé esa línea invisible tras la cual ya no es cortés preguntar, ella me frenó y me dijo “ven el próximo día 11 y tendrás todas tus respuestas”.
Allí estaré entonces.











