portada
[Literatura]
Texto:
Lina Calle Arango
Fotografía:
Cortesía - jalbum.net
Tema:
Fernando Vallejo, un escritor honesto en exceso.
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"Ese sida tuyo te lo pegaron los curas. Hacé memoria a ver si no te metiste a alguna iglesia de ocioso a comulgar". Fernando Vallejo, El Desbarrancadero.

Fernando Vallejo, escritor y en general, artista, ex colombiano y actualmente mexicano, ha penetrado en la literatura irrumpiendo en lo decoroso, decente y pudoroso, con intención de perturbar la lectura de quienes no toleran que alguien no tenga “pelos en la lengua”. Este polémico novelista, ampliamente criticado por unos y admirado por otros, deja en el lector el sinsabor de la ironía sutil que, a su vez, es desenfrenada, desvergonzada, descarada.

Su prosa sin recatos, sus temáticas sin reserva y su lenguaje que, sin ser sobrecargado, consigue ser insultante, libera el sentimiento amargo de un lector que ha trastocado su moral burlándose de ella, dejándose seducir por un desalmado pero –hay que confesarlo- exquisito humor negro que le ha traicionado, forzándole una sonrisa sarcástica, mientras sus ojos recorrían esas páginas desbordadas de ultrajes que sobrepasaban todos los límites. Y es que Vallejo no deja una sola cabeza en su lugar: “Empiezo a escribir en forma tan atravesada, cortando a machetazos los párrafos…”

Su maliciosa sátira, que no se ve reflejada sólo en sus novelas sino también en sus entrevistas, documentales, e incluso en su misma forma de ser y de proseguir, incomoda y trastoca la moralidad de quienes procuran mantenerse al margen, en lo discreto: “Sí, escribo para molestar a los tartufos, a los hipócritas y a los que pretenden que tienen la verdad…” afirma en una de sus entrevistas, cuando se le pregunta si se considera un provocador.

Los enemigos de este escritor son variados, y quizá con razón. Están los moralistas, los cuales no toleran a quienes hablan sin cortesías, a quienes desboronan tabúes y pasan sobre ellos para manejarlos a su antojo, a quienes no respetan creencias o dogmas:

… bendecía demasiado y demasiado inespecíficamente y con demasiada soltura, como si tuviera la mano quebrada, suelta, haciendo en el aire cruces que teníamos que adivinar. Como notario que de tanto firmar daña la firma, de tanto bendecir Su Santidad había dañado su bendición. Bendecía desmañadamente, para aquí, para allá, (…) a quien quiera y a quien le cayera, a diestra y siniestra, a la diabla. ¡Qué chaparrón de bendiciones el que nos llovió! Esa mañana andaba Su Santidad más suelto de la manita que médico recentando antibióticos.

También están quienes no soportan escuchar infames desprecios –¿ o crudas verdades?– en contra de sus propias aficiones: “Cuando la humanidad se sienta en sus culos ante un televisor a ver veintidós adultos infantiles dándose patadas a un balón no hay esperanzas. Dan grima, dan lástima, dan ganas de darle a la humanidad una patada en el culo…”.

Otros, incluso, no resisten al escritor porque se sienten ofendidos por una prosa que se infiltra por entre sus ojos, los hace sonreír entre la crueldad, y luego les recuerda que su risa ha sido una traición contra sus propios principios, o bien lo consideran falta de respeto:

“… los burócratas que no sienten porque no ven porque tienen el corazón ciego pero la boca llena mamando del presupuesto”.

La polémica de Vallejo es en efecto, un exceso; no un exceso de adjetivos, ni de ofensas, ni de calumnias… sino un exceso de honestidad que para algunos resulta insultante.

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