En otra esquina aguda de la ciudad, más exactamente en SoHo, está La Esquina (y sí: vale la redundancia), un establecimiento mexicano cuya descripción tiene que contarse separada en tres partes.
Y hay que empezar por el principio.
Lo que en realidad queda en la esquina donde se asienta La Esquina (es simple redundancia) es una cafetería sin mesas, con una barra de no más de 10 metros de longitud, donde la gente almuerza tacos de cerdo, chiles rellenos y quesadilla de chorizo por 6 dólares cada uno, en promedio. Poco ordinario, y más bien extraordinario en su ordinariez, éste es un restaurante de combate que vale la pena conocer. Porque no sólo su precio es tan pertinente como las mesas que sacan en días soleados apacibles. Sino que, además, es un recinto plagado de originalidad, de colores vivos, suelo adobado y butacas de cuero amarillo, donde uno puede terminar comiendo parado y cuya forma, para seguir con la redundancia, también tiene forma de triángulo escaleno. La barra empieza en el ángulo opuesto al recto y de ahí el triángulo se va abriendo hasta crear la cocina en su parte más ancha, como si estuviéramos en esa escena de Alicia en el País de las Maravillas, donde un cuarto se va achicando hasta convertirse en una puerta diminuta.
La barra que da hacia fuera (en la que uno compra para llevar, para tal vez comerse la tostada de cangrejo en la plaza Cleveland que está justo en frente) está decorada con una vitrina de Jarritos, Chaparritos y Boings, todos refrescos mexicanos de guayaba o tamarindo, que no han cambiado su estética desde los años 70 y que dan la sensación de estar en una tienda perdida en el Desierto Chihuahuense sufriendo una sed desalmada.
El segundo piso hacia arriba — que pareciera estar diseñado para alguna `clase media´—, es un café que sirve la misma comida por un precio más alto en mesas más cómodas y con una decoración que, si bien es más elaborada, no necesariamente resulta más sugestiva. La gran diferencia de hecho, es un pargo rojo frito que vale 15 dólares.
El café queda, como es predecible, a la vuelta de la esquina. Lo abrieron un año después de la inesperadamente exitosa inauguración de La Esquina con el mismo nombre y ha logrado mantenerse desde el 2007, entre los recomendados de la guía Zagat con más de 26 puntos. Todo un logro.
El tercer piso (que paradójicamente va para abajo, porque queda en el sótano) es uno de los restaurantes más elegantes de la ciudad. Hay que reservar con un mes de anticipación, da dolor de bolsillo y no tolera tenis o shorts. Pero también vale la pena, sobre todo después de las 11 de la noche, cuando el restaurante se vuelve bar y con suerte, discoteca.
Ésta es, entonces, la clase noble y extravagante de una pirámide social que empieza muy mexicana y termina más bien neoyorkina, con sus reservaciones imposibles y sus bouncers insoportables. La puerta, a propósito, queda dentro de la cafetería y anuncia “Sólo empleados”.
El éxito de ésta sociedad tripartita fue un accidente. O mejor, como diría un genio mexicano, ‘fue sin querer queriendo’.
En efecto, la estrategia publicitaria de Serge Becker cuando abrió el sitio, era no tener ninguna estrategia y dejar que los clientes fieles vinieran en paz. “No queríamos convertirnos en un sitio exclusivista típico del Meatpacking District”, dijo Serge, dueño también de M.K., Bowery Bar y Joe's Pub, tres de los bares más importantes de la ciudad. Pues parece que eso de no tener estrategia al final fue un éxito, porque es difícil no ver este sitio a punto de reventarse.
Es hora de reivindicar la redundancia. De celebrar lo pretencioso. Sin arrogancia. Con argumentos. Y de ello es protagonista La Esquina, una cafetería que a punta de tacos con doble tortilla se expandió primero a café de clase media y después a restaurante de actores y modelos.
Siendo así, que la redundancia siga siendo redundante.











