A estos guerreros de la Arena los llaman Cowboys y Bull Riders. Desde veteranos hasta niños se congregan para mostrar lo mejor del Rodeo.
Su llegada es igual de abrumadora a la energía que me rodea y en silencio los vaqueros analizan la Arena y a los animales, bajo un Akubra de fieltro esconden su mirada analítica. Con poco esfuerzo cargan por encima de su hombro el equipaje que contiene su “armadura”, esos objetos y prendas que hacen la diferencia entre la vida y la muerte. La barricada de metal que parecía imponente, se ve pequeña cuando estos vaqueros se aproximan a ella y con poco esfuerzo saltan esta barrera para darle comienzo a la jornada.
Sin pudor los vaqueros se visten para la ocasión. Trato de concentrarme en los animales, pero la cantidad de colores y elementos que veo salir de sus equipajes me distrae.
Las cuerdas trenzadas son moldeadas y estiradas, las campanas son amarradas al final de las cuerdas, las camisetas raídas son despojadas de sus cuerpos y remplazadas por camisas almidonadas que llaman la atención. Un chaleco de espuma protege sus órganos vitales y sus pies se protegen entre botas puntiagudas. Aseguradas a estas van las espuelas y por encima de sus blue jeans bien gastados y suaves, amarran una explosión de matices a sus pantalones. El exceso de colores es intoxicante, algo impresionante para este deporte que solo emana hombría. Son irrelevantes los prejuicios, las cintas que cuelgan a los lados de los chaps son encantadoras, hay algunas de colores brillantes, otras opacas, satinadas, luminosas. Y así es como comienza la emoción, todo es parte del entretenimiento.
Más nerviosa que antes y con el corazón latiendo a mil, veo entrar a la Arena a los Payasos del Rodeo, la música country a todo volumen ayuda a distraer un poco mi tensión. Con sus caras pintadas y mucha actitud, estos son los verdaderos toreros. Los Bull Riders dependen de ellos para sobrevivir una cornada o una pisoteada de una res que pesa alredor de 800 kilos. Estos Rodeo Clowns son los encargados de interponerse y distraer al toro mientras los Bull Riders corren por sus vidas. A partir de este momento no hay tiempo para respirar el intenso olor a ganado o para escuchar mas allá de mis latidos, la tensión aumenta y no hay vuelta atrás.
Las jaulas contienen a cada toro en pequeños cajones de metal, por encima de la música se oyen las voces roncas de los hombres que provocan la tensión entre Cowboy y animal. Los toros están inquietos, los vaqueros también y yo me preparo para una tarde de adrenalina pura.
El anunciador canta el nombre el vaquero y el toro, las puertas se abren y una nube de polvo rodea a un toro bravo montado por un Cowboy decidido a ganar. La gente rechifla, aplaude y grita sorprendida.
La mano izquierda del hombre agarra con fuerza la cuerda trenzada que envuelve al toro, su brazo derecho se mueve sin cesar por el aire y cada segundo parece una eternidad. Sólo son 8 segundos que deben permanecer montados en el toro, pero dice la historia que son los ocho segundos más peligrosos de cualquier deporte, una cornada puede ser fatal, al igual que una caída. El vaquero es tumbado bruscamente al suelo, los payasos corren a protegerlo y el toro alebrestado se dirige hacia el corral.
No tengo mucho tiempo para pensar, un Bull Rider tras otro compite ante mí. Entendí que este deporte es un baile sincronizado y el que pierde el compás es descalificado. El vaquero debe moverse con el toro. Este es el arte del Bull Riding, este es el verdadero Rodeo de la costa este australiana.
Nunca imaginé aplaudir hasta sentir palpitaciones en mis manos, sonreír y saludar con mi sombrero de cuero de canguro a más de un Cowboy valiente.
Descubrí que este tipo de excesos me apasionan, el exceso de olor a ganado y polvo, el exceso de colores en la Arena, el exceso de hombres y el exceso de toros ariscos, de palpitaciones y musculaturas masculinas y bovinas. Pero el que quedará en mi recuerdo es sin duda el exceso de adrenalina. Hasta hoy, he vivido pocas cosas tan extremas como ese Adrenalin Rush que se siente en Rodeo Australiano.











