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[Bogotá]
Texto:
Juan David Rico Salazar
Fotografía:
Juan José Ortíz
Tema:
Todos los demonios que despierta la noche bogotana.
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Cuando hablamos de excesos generalmente nos referimos a lo que nos metemos -trago, drogas, juguetes sexuales, hamburguesas, etc.-. ¿Por qué? De alguna forma hay un protocolo en cuanto a cantidades y en cuanto a lo que se debe o no ³meter². También se le suele atribuir los excesos a los adolescentes y a los artistas. ¿Por qué? Puede ser porque los excesos son propios de la rebeldía y del acto rebelde. ¿Pero, y por qué excedernos? Por afirmar o comunicar algo tal vez, o como I. Welsh dice: ³no se les olvide el placer que produce... después de todo... no somos tan ·$%& estúpidos... al menos no así de ·$%& estúpidos...².

La ruta de los excesos en Bogotá comienza y termina en un barrio residencial típico de la clase media bogotana: digamos Cedritos. En el caer de la semana y de la tarde del viernes se escuchan las bocinas de los carros con más afán del normal, los frenos de aire de las busetas y su brusco arrancar, el reggaetón, tropipop y vallenato que sale de las ventanas de los carros, taxis y apartamentos de la gente que se baña con la música a todo volumen, o de los universitarios que no tienen clase los viernes y están jalados desde el Martes. Las calles huelen a smog y a empanada. Más tarde, cuando todos salen de su casa por unos cocteles se suman los aromas del cigarrillo, del Light Blue de D&G, del Aqua di Gio y del gel para el pelo.

Tomamos un taxi y a la 82, donde se reúnen básicamente todos los estereotipos, de todos los estratos, de todas las regiones y de todas partes del mundo, cada uno con su placer particular, cada uno con sus justificaciones éticas y morales propias. La T ya está llena a las seis de la tarde, y las ocho de la noche ya la mayoría están borrachos.

Dependiendo de si la necesidad de la persona es jalarse barato o que lo vean en cierto sitio, un martini puede costar desde 5 hasta 20 dólares. También hay los que compran el trago en Carulla o en San Andresito y llegan ya borrachos a juntarse con el resto del grupo, y por qué no, a ver mujeres. Desde las terrazas de los bares nos sentamos a ver la gente pasar. A quienes conocemos y a quienes no. Los bogotanos de clase alta sólo miran a las bogotanas de clase alta y a nadie más. Los europeos se ven dichosos con sus pints de cerveza en COP (colombian pesos) y con las paisas y costeñas que desfilan mientras escogen dónde entrar. Poco a poco cada persona va satisfaciendo sus placeres: el reconocimiento, el sentirse deseado, las afirmaciones de identidad, los steaks, los postres, el alcohol, la nicotina, y a medida que entra la noche la cocaína y el clubbing entran dentro del panorama. La consecuencia generalizada es guayabo -resaca-. Guayabo por el alcohol o por las drogas, guayabo moral por haber terminado en una cama desconocida o en una que había prometido no volver a terminar, guayabo social por haber dicho estupideces la noche anterior a la persona equivocada, etc., etc., etc..

La experiencia urbana es una experiencia de excesos. La ciudad misma se construye sobre la base de la generación de excedentes para comerciar. No es un asunto adolescente, aunque las tensiones citadinas son prácticamente las mismas que las de los adolescentes. Tensiones de identidad, tensiones por falta de recursos propios, por dependencia y por desconocimiento. El exceso no es darse mucho placer, o más del que se acuerda protocolariamente que es suficiente. El problema radica precisamente en lo que consideramos placentero. Muchas veces no nos tomamos el trabajo de ELEGIR aquello que nos resulta placentero -e incluso en otros niveles lo que nos resulta bueno o incluso bello-. Nos sometemos ante los medios de comunicación y los esquemas sociales y optamos por rendir nuestra identidad ante la de las masas: ante el consumo. Nos identificamos a partir de lo que tenemos, y los grupos a los que pertenecemos se conocen en mercadeo como nichos. La dinámica consumista está diseñada para la clase media; irónicamente la clase alta colombiana es quien ha tenido históricamente el potencial y el conocimiento del mercado, particularmente por su gusto, a veces morboso -¿excesivo?-, por la cultura estadounidense y a veces la europea. Bienvenidos a Bogotá, ciudad inmoral, ³gracias por venir².

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