La ruta de los excesos en Bogotá comienza y termina en un barrio residencial
típico de la clase media bogotana: digamos Cedritos. En el caer de la
semana y de la tarde del viernes se escuchan las bocinas de los carros con
más afán del normal, los frenos de aire de las busetas y su brusco arrancar,
el reggaetón, tropipop y vallenato que sale de las ventanas de los carros,
taxis y apartamentos de la gente que se baña con la música a todo volumen, o
de los universitarios que no tienen clase los viernes y están jalados desde
el Martes. Las calles huelen a smog y a empanada. Más tarde, cuando todos
salen de su casa por unos cocteles se suman los aromas del cigarrillo, del
Light Blue de D&G, del Aqua di Gio y del gel para el pelo.
Tomamos un taxi y a la 82, donde se reúnen básicamente todos los
estereotipos, de todos los estratos, de todas las regiones y de todas partes
del mundo, cada uno con su placer particular, cada uno con sus
justificaciones éticas y morales propias. La T ya está llena a las seis de
la tarde, y las ocho de la noche ya la mayoría están borrachos.
Dependiendo de si la necesidad de la persona es jalarse barato o que lo vean
en cierto sitio, un martini puede costar desde 5 hasta 20 dólares. También
hay los que compran el trago en Carulla o en San Andresito y llegan ya
borrachos a juntarse con el resto del grupo, y por qué no, a ver mujeres.
Desde las terrazas de los bares nos sentamos a ver la gente pasar. A
quienes conocemos y a quienes no. Los bogotanos de clase alta sólo miran a
las bogotanas de clase alta y a nadie más. Los europeos se ven dichosos con
sus pints de cerveza en COP (colombian pesos) y con las paisas y costeñas
que desfilan mientras escogen dónde entrar. Poco a poco cada persona va
satisfaciendo sus placeres: el reconocimiento, el sentirse deseado, las
afirmaciones de identidad, los steaks, los postres, el alcohol, la nicotina,
y a medida que entra la noche la cocaína y el clubbing entran dentro del
panorama. La consecuencia generalizada es guayabo -resaca-. Guayabo por el
alcohol o por las drogas, guayabo moral por haber terminado en una cama
desconocida o en una que había prometido no volver a terminar, guayabo
social por haber dicho estupideces la noche anterior a la persona
equivocada, etc., etc., etc..
La experiencia urbana es una experiencia de excesos. La ciudad misma se
construye sobre la base de la generación de excedentes para comerciar. No
es un asunto adolescente, aunque las tensiones citadinas son prácticamente
las mismas que las de los adolescentes. Tensiones de identidad, tensiones
por falta de recursos propios, por dependencia y por desconocimiento. El
exceso no es darse mucho placer, o más del que se acuerda protocolariamente
que es suficiente. El problema radica precisamente en lo que consideramos
placentero. Muchas veces no nos tomamos el trabajo de ELEGIR aquello que
nos resulta placentero -e incluso en otros niveles lo que nos resulta bueno
o incluso bello-. Nos sometemos ante los medios de comunicación y los
esquemas sociales y optamos por rendir nuestra identidad ante la de las
masas: ante el consumo. Nos identificamos a partir de lo que tenemos, y los
grupos a los que pertenecemos se conocen en mercadeo como nichos. La
dinámica consumista está diseñada para la clase media; irónicamente la clase
alta colombiana es quien ha tenido históricamente el potencial y el
conocimiento del mercado, particularmente por su gusto, a veces morboso
-¿excesivo?-, por la cultura estadounidense y a veces la europea.
Bienvenidos a Bogotá, ciudad inmoral, ³gracias por venir².











