Sólo hace falta mirarnos al espejo y pensar por un momento; estamos hechos de tantos yo, de tantas contradicciones y dudas –¿qué es la duda, más que el desconocerse a uno mismo?- que frecuentemente, y sin darnos cuenta, de nuevo estamos preguntándonos el porqué de nuestros comportamientos.
Así como el del espejo, el “yo” que nos mira y que miramos; convivimos diariamente con nuestro contrario, con el que no somos pero que, irremediablemente, somos y que, peor aún, nos complementa.
Sí, quizá suene condenable, fatalista… pero el ser humano está constituido por tantos y tan diversos matices, que diariamente se está traicionando a sí mismo, a sus propias suposiciones sobre “quién soy”.
Es posible que, en la tarea de construir cualquier personaje, el escritor deba enfrentarse a la contradicción misma de que estamos hechos; quizá sí, quizá la literatura y el arte en general quieran plasmar nuestra historia o, quizá también, simplemente, sea que no tienen otro punto de referencia. La dualidad del ser humano, la incapacidad de conciliarse consigo mismo, es una característica atemporal que nos persigue; diariamente nos “desconocemos” y, frente a nuestras futuras reacciones, no podemos más que echar mano de la famosa, dudosa y traicionera “suposición”.
Tal vez sería pretencioso considerar cliché el que un autor intente, constantemente, conciliar las caras de su propio ser por medio de la construcción de personajes ficticios; como Pandora, contenemos en nosotros mismos “todo lo bueno y todo lo malo”. La situación se presenta de manera evidente; es un conflicto diario del ser humano y tanto lo es que, por esto mismo, el lector logra constantemente congraciarse con el asesino, con el malo de la novela. ¿No es, precisamente esto, lo que ocurre por ejemplo, con Rosario Tijeras o con el Raskólnikov de Dostoievsky en Crimen y Castigo o incluso con El extranjero de Camus? Cuando se nos presenta el personaje en todos sus matices, en todas sus contradicciones, queremos que éste, de alguna manera se salve, sea absuelto de sus pecados… que nosotros seamos absueltos de nuestros propios crímenes. Que nos comprendan. Que nos comprendamos.
Desde Argentina, Sábato intentaba conciliarlo bajo el símbolo del “dragón-princesa”, donde, finalmente, el dragón que tiene bajo su custodia a la mujer, no es más que la misma mujer. Saramago, en su Portugal, se inmiscuye en El hombre duplicado para dramatizar el miedo que nos produce saber de la existencia de “otros yos”, mientras que Dorian Grey, queriendo dividir su propio yo y dejar de lado lo que considera “negativo”, encuentra su propio cuadro; él ahí, lejos de él mismo, para poder estar siempre hermoso y joven.
“Estoy dividida por dentro, Doc”, le dice Rosario Tijeras a su médico. Y quizá no; quizá es peor; tal vez no es siquiera división, sino dos indivisibles, complementarios; Dr. Jeckyll intenta atacar a muerte su lado oscuro, con la misma rabia y fuerza que lo hace Dorian Grey con su cuadro, el que envejece por él. Si la princesa hubiese querido atacar al dragón, todos los que hemos leído cuentos de hadas, sabremos lo que habría pasado. Al querer acabar con el lado oscuro, en vez de conciliarse con él, terminarían también con sí mismos, por completo.
Y, entonces, nos hemos traicionado, de nuevo, a nosotros mismos. Con la temible diferencia de que no hacemos parte de una ficción.
“Mira –le dijo el Minotauro a Teseo- la única forma de matar a los monstruos, es aceptarlos” –Julio Cortázar-
Lina Calle Arango
cortesía internet
Para entender las historias de los libros, hay que saber partirse en dos, sin dejar
de ser uno.







