Siempre que hablamos del mundo del vino nos enfrentamos con la dualidad innecesaria, dualidad que nos lleva por un sin número de experiencias que, entre texturas y aromas hacen que nos llenemos de placer, aromas terrosos, aromas frutales, aromas animales y texturas sin límite, que hacen de esta experiencia algo único.
Con respecto a la dualidad encontrarémos casos excepcionales de fortaleza como el Cabernet Sauvignon, quién con su carácter hará de un sorbo algo más que tomar vino, hará que cada uno de nuestros sentidos se agudice para poder descifrar un sin límite de sabores que llenarán cada rincón de la boca y se irán con el transcurrir del tiempo, muy despacio.
Por otra parte encontraremos la suavidad de un Pinot Noir, sus visos color lila nos llevarán a entender por qué la denominan la dama de los vinos tintos, suave en cada sorbo nos indica esa ligereza que sólo los buenos caldos ofrecen.
El vino es una búsqueda infinita, casi eterna. En el momento de elegir siempre nos encontraremos con el dilema de qué es lo que queremos en el momento, nos decidiremos ¿por país?, ¿por cepa?, ¿por región?, ¿por el simple hecho de conversar?. Núnca tendremos la respuesta exacta, pero el carácter único de los buenos vinos hará de ese instante un momento especial, un momento de entregarnos a la vida con los sentidos al límite y con la convicción de saber que siempre habrá otro vino, otro momento y por qué no, otra buena razón para seguir inmerso en este fascinante mundo de aromas y sabores.
Luisa Fernanda Mendoza
Cortesía de Buenvivir
Dos estilos de vino, para un estilo de vida.







